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El paseo en coche, aquel día, nos alejaba de la ciudad. Siempre es un deleite que me conduzcan de un lugar a otro por la carretera. Es una manera de teletransportarme y nunca he puesto particular atención en recordar el espacio, los mapas o simplemente el camino para volver a los lugares.

De pequeña, mi madre, me preguntaba cada amanecer por el itinerario para ir a la escuela. Cada mañana, trataba de mantener mi atención en la ruta. Día tras día, perdía un tramo diferente y no lograba responder a la simple pregunta de si era necesario dirigirnos hacia la izquierda o la derecha. Acabó por desistir comprendiendo que poco servía fomentar mi capacidad espacial -demasiado nutrida por los detalles y tan poco por la visión global-.

Tal vez mi vista truncada, que solo me permite ver en dos dimensiones, fuera una excusa barata, pero me servía para justificar mi ausencia orientativa, pudiendo regocijarme plenamente en mi placer de evasión sobre ruedas. Me fue útil largo tiempo, hasta que yo misma empecé a conducir, lo que aconteció muy tarde en la escala del tiempo.

Así que no podría decir dónde fue. Solo recuerdo que el sol recién nacía mientras conducía una de mis queridas hermagas conversando sobre aves con uno de mis más divertidos hermagos. Estaba sentada en la parte trasera del coche, su cariño era música de fondo para mi sonrisa. Tenía el codo apoyado en la ventanilla abierta y mi cabeza recostada sobre mi antebrazo. Sentía el baile continuo de mi cabello, femenina expresión del viento.

El paisaje se abría solemne en colores vivos, pantanos y bosques desfilaban. Yo me sentía en el lugar adecuado, me reconocía entera, viva, en paz. De repente, mi mirada se fijó en un árbol que como tantos otros se ofrecía a la incansable carrera solidaria uno detrás del otro. Mas, ése se quedó prendido en mi retina como si el tiempo se hubiera detenido, suspendido. Las líneas de velocidad creaban un panorama curioso de peines de colores, línea a línea, horizonte sobre horizonte, posibilidad de visión amenizada en trazos superpuestos y en medio, el árbol en un halo estático de bruma.

No quise percatarme de la mágica visión hasta mucho tiempo después. Solo contenía mi aliento, una hoja del árbol -supuestamente lejana- se presentó ante mí como si estuviera en mi mano. Sentí cómo me invitaba a adentrarme en ella y me sumergí en una de sus nervaduras y atravesé la verde lámina. Convertida en diminuta célula, penetré en su savia y emprendí un viaje por las venas todas del árbol.

¿Qué árbol sería? ¿Cuál era su nombre en latín? Poco importaba. Estaba descubriendo el interior de un ancestro como si en él, escogido entre tantos otros, estuviera la sabiduría de la humanidad contenida, entera, completa de su cepa a la copa. Por un momento estuve fundida, presente y desaparecida, una y todo, sin materia y en ella.

Árbol de vida centenaria
Tú que de tus raíces nutres la existencia
Filtro de nocivos
Pecho de oxígeno en manos de hilos
Que tejen toda la exaltación
Frente al abismo.
Tú, que ofreces en ti, de nosotros
Para que vivamos plenos en una esfera compacta
De sentires obvios y despistados.
Tú, ser de medida descomunal
Pareces estático más viajas en líneas de luz.
Árbol, abrazo de raíz, cobijo seguro
Fuerza sostenida de sombra y vida.
Tus frutos somos nosotros, hijos olvidadizos
Añoramos tu copa -sin recordarla- mas frente
A tu eterna magnificencia
Lágrimas en rocío perlan por
Mis letras que en ti se tumban,
La mesa en la que me apoyo
Los seres que abundantes viven este mundo como nuestro
Obviando que contigo transformado, componemos nuestro cotidiano
Árbol, das medida al humano, a la hormiga, a la montaña y al paseo
Familia grande, proteges del viento
Cobijo de luciérnagas, abrazo de búho,
cuidas, nutres, regalas
Eres singue sabour en tierra,
Honro tu invisible y sonriente lazo
En corazón contenido.

Cuando volví a mí, las lágrimas aún resbalaban por mis mejillas. Observaba mis manos, recordando con mi pulgar cada uno de mis dedos, aún sintiendo la savia pasando por mis venas. Mis manos hojas, mi cuerpo tronco, mis largas raíces movibles, enteras, los ojos aún llenos del verde lago, me sentía una, con el coche, con el cielo, con la vida, con el todo.

Un día fui árbol, recordarlo es un presente al que siempre vuelvo cuando de humana me visto, obviando que mis pulmones, mi línea, mi centro, son eco caleidoscópico.

#mujerdepalabra
Arte: Rocío Montoya