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Mis palabras no eran más que saliva en el intento de tocarte. A ti, qué aún no conocía. Savia de tu existencia, te intuía, hasta que desistí, dejando de esperar que te hicieras realidad.

Las letras, rescatando mis anhelos. Las letras, engarzadas perlas en las raíces de crecientes llantos. Semillas brotando del amor todo, por dar, por recibir, por compartir.
Sin lograrlo.

Los puentes de abecedario. Las lecturas con la luz tenue de la lámpara cerúlea de la mesilla de noche única con sonido de mar de fondo.
El salón abierto al baile cotidiano.

El enredo profundo de la soledad que se vuelve nido. Reconfortante. Placer husmeante del que se encuentra explorando en arte todo lo alto y ancho de los artificios vitales.

La sien al son del tambor y de las venas pulsadas sin jadeos compartidos enteramente. Consiento que te busqué en otros mapas. Te olisqueé en otros paisajes. Sin salida, el callejón no sabe a gozosa aventura.

Y en el repliegue volvía a crecer mi placer por mi amante, fiel y cueva y cobijo y canto. Mi incorpóreo de letras, mi húmedo vadeo de las manos sobre teclas. La escritura toda recorriendo mis piernas, mis suspiros, mis ganas.

Y la danza se presenta leal en su hilada geometría.

Mi jardín ahora se rebela y revela que no existen campos, fonemas para expresar la belleza de ser juntos. Se quedan cortos los amaneceres, el color de la arena tras el calor de las estrellas, los poemas de Beckett o los ojos de Claudio.

La soledad, la gocé hasta encontrarte y hoy nos bañamos en ella para reencontrarnos siempre. Fuente de fuego, creer y crear son en sí actos de amor y orden.
En todo lo que acontece fuera de nuestros cuerpos en lanza dos, vida, te gozo, derviche, te canto, te lámina de letras, sábanas de párpados donde púlsar ser es acontecer infinitos.

#mujerdepalabra
#lahilanderadehistorias

Arte: Merve Özaslan