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Viene a conversar sobre el silencio. Incansablemente, cuando la orilla baña sus rayos de oro, viene y lo rompe para retornarlo. 

Es persona de hábito. En tiempo y hora, en el somnámbulo de su casa –así suele llamar al vestíbulo- ata sus cordones en tres pasos. De forma simétrica, acompasada y ambidiestra, con su espejado movimiento de pulgar con índice junta en bucle los desenfadados y colgantes hilos. 

Estoy convencida de que sale por el puro gusto de volver a entrar. Llegar es quitarse los zapatos. Es abrir un regalo deseado cuando de prever nada material desea.

Su ritual de vuelta consiste en observar uno a uno los dedos de sus pies que mueve como si estuviera tocando un diminuto compás enrollable. Siente en ese tecleo una liberación cercana a la que experimenta cuando escoge el silencio a la palabra en momentos de tensión obligatoria. 

El silencio es lo único que reina en su depurado reino. Los libros de bocas grandes y polvorientas son sus fieles súbditos. Grandes navegantes de lenguas aterciopeladas. Rompen el silencio solo cuando la orden los hiende a abrirse y casi siempre liberan del ruido su cabeza en belleza. 

El silencio se gana, suele pensar. Es su premio reconfortante cuando termina de geometrizar la información con la que nutre su mundo de posibles engarzados en junturas.

Del silencio nace, sostiene de sus ojos dirigidos a la nada y levantados hacia una izquierda casi imaginaria. 

Asienta las palabras como cimientos, volando espacios en terrazas sobre techos. Así ve el sonido del mar. El corazón que bombea. El aleteo de una hoja. Blanca. Siempre de tinta llena en la serena huida para encontrarse. 

Así crece el reconfortante pleno vacío. 

Y de la orilla que todo lo baña, bailo, descalza en la arena de los tempos. Todo puede nada silencio.

#mujerdepalabra 
Arte: Joel Armstrong